Introducción:
Los niños aprenden sobre Dios, el universo o la energía de una forma natural: jugando. Cada juego es una oportunidad para que comprendan el equilibrio, el amor, la cooperación y la conexión con la Tierra. La espiritualidad no se predica, se vive.

Desarrollo:
A través del juego libre, los niños desarrollan conciencia y presencia. Si los animamos a observar las nubes, a cuidar una planta o a escuchar el canto de los pájaros, estamos enseñando meditación en movimiento.
Algunas prácticas sencillas para cultivar la espiritualidad desde pequeños son:

Estos pequeños rituales despiertan en ellos el respeto por lo sagrado, sin necesidad de religiones ni estructuras.

Cierre:
Fomentar la espiritualidad infantil es preparar a los niños para vivir desde la gratitud, la empatía y la conexión con el Todo. Cuando un niño siente que la Tierra y el Cielo viven en él, jamás se sentirá solo.